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martes, 26 de abril de 2011

Mucha gente, poco fútbol.

A pesar de ser una de las grandes potencias deportivas a nivel mundial, China jamás pudo consolidarse en el fútbol. El país más poblado del mundo apenas participó del Mundial de 2002. Para Sudáfrica, perdió el pasaporte dos años antes de que empezara el torneo. 



El fútbol, muchas veces, resulta un atentado a la lógica, a las tradiciones y a las cuestiones geográficas. Parece insólito, pero lo cuenta la realidad. En las Eliminatorias para Sudáfrica 2010, el país más poblado del mundo (con 1.313.000.000 habitantes), la República Popular China, se quedó sin posibilidades de clasificarse en junio de 2008. Tras eliminar a Myanmar (con un global de 11-0), se cayó en la primera fase de grupos sin ganar ni un partido ante sus tres rivales: Australia, Irak y Qatar.

Pero no sólo eso. La historia también lo señala al seleccionado chino como un equipo de escaso recorrido internacional. Participó sólo una vez en una Copa del Mundo. En Japón-Corea 2002 finalizó penúltimo entre 32 equipos y se retiró sin marcar ni un gol. Conducido por el serbio Bora Milutinovic (ex entrenador de San Lorenzo a fines de los 80), cayó sucesivamente ante Costa Rica (0-2), Brasil (0-4) y Turquía (0-3).

Y no se trata de una cuestión de pasiones ausentes. En 2007, en su blog "Mi mundo chino", una española de viaje por Jinan contó: "Pensaba que la manera de vivir el fútbol aquí sería más distante de la manera tan pasional que se siente en España. Me equivoqué. Si en España hay aficionados que se agrupan en peñas y tienen ya un lugar fijo para situarse en los partidos, aquí, también; si en España se cantan tropecientos mil cánticos con unas letras no muy elaboradas, aquí también; que en España cuando una jugada o una situación que ocurre en el terreno de juego no nos convence, insultamos... pues aquí también". Se recuerda: la Liga de España es considerada junto a la Premier League inglesa como la mejor del mundo.

Tampoco es falta de planificación. China es una potencia deportiva extraordinaria. Lo demostró en los últimos Juegos Olímpicos: como local, en 2008 finalizó primero en el medallero con 51 oros y 100 medallas en total, delante de Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Alemania. Claro, pero en esa misma competición, en fútbol, los chinos se quedaron afuera en la primera fase, con apenas un empate frente a Nueva Zelanda y dos derrotas (contra Belgica y Brasil).

Tal vez sea la falta de roce internacional de sus futbolistas. Del actual plantel que dirige Gao Hongbo, sólo uno participa en una liga de elite: se trata de Hao Junmin, quien este año fue contratado por el Schalke 04, de la Bundesliga. Los demás participan en la Super Liga China, un campeonato que en 2009 tuvo como máximo goleador a Hernán Barcos (ex atacante de Huracán). Pero no es excusa: China, por cuestiones de mercado, consigue rivales de élite con frecuencia. Y eso le permite adquirir una experiencia que a la mayoría de sus pares de la AFC (la Confederación Asiática) le resulta mucho más difícil.

A nivel continental, a pesar de ser un frecuente protagonista de las instancias decisivas, tampoco consiguió grandes éxitos. Nunca ganó el máximo torneo, la Copa de Asia. Fue subcampeón en 1984 y en 2004; y tercero en 1976 y 1992. Tampoco pudo consagrarse en los Juegos de Asia. Obtuvo la medalla de plata en 1994; y la de bronce en 1978 y 1988. Apenas ganó dos títulos regionales: la Copa del Este de Asia, en 2005 y en 2010.

En la actualidad, The Great Wall (el apodo del seleccionado) ocupa el puesto 85 en el ranking de la FIFA, muy lejos de su mejor posicionamiento (37, en diciembre de 1998). Es otro indicio de esta particularidad: con tantos jugadores para elegir, con tanta relevancia que su estado le da al deporte, China sigue perteneciendo a la periferia en el universo de la número cinco. Otro ejemplo de las tantas veces que el fútbol tiene esa magia de ser inexplicable. Y no se trata de un cuento chino.


IVAN ZAMORANO


Iván Luis Zamorano Zamora (Santiago, Chile, 18 de enero de 1967) es un ex futbolista chileno. Apodado Bam Bam, es considerado uno de los mejores futbolistas en la historia de Chile. Por varios años fue el capitán de la Selección chilena, en la que marcó 34 goles.

Jugó profesionalmente en Chile, Suiza, España, Italia y México, vistiendo entre otras las camisetas de equipos como FC St. Gallen,Sevilla F.C., Real Madrid, Inter de Milán, Club América y Colo-Colo.

Recordado por su capacidad goleadora, ha anotado 321 goles oficiales en toda su trayectoria (incluyendo la segunda división chilena), lo que le convierte en el segundo máximo realizador chileno de la historia, tras Oswaldo "Pata Bendita" Castro (351) y por encima de Marcelo Salas (248) y Carlos Caszely (245).




Carrera

Zamorano empezó su carrera en Cobresal; dada su poca experiencia fue cedido al Trasandino, club que años después se llamaría Cobreandino, de la Segunda División de Chile (Actual Primera B), anotando 27 goles en 29 partidos. Tras hacer buenas actuaciones, en 1986 vuelve a Cobresal, donde en 1987 gana la Copa Chile, y se convierte en el máximo goleador del equipo (22 goles en 43 apariciones). En esos tiempos, Zamorano forma una delantera de temer junto a Sergio Salgado y Rubén Martínez.

En 1988 daría el salto al fútbol europeo, siendo traspasado desde los "legionarios" al Bologna FC italiano por US$350 mil dólares. Sin embargo, Iván nunca jugó por los italianos, pues fue cedido en calidad de préstamo al FC St. Gallen de Suiza, donde gracias a su fama goleadora, los motivaría a comprarlo. En sus dos temporadas en el fútbol suizo anotó 37 goles, e hizo dupla con su compatriota y amigo Hugo Rubio.

En 1990, el Sevilla FC, que lo entrenaba por esos años Vicente Cantatore, lo adquirió por expreso deseo de su compatriota. Debido a su buena participación en el club sevillano, en 1992 fue comprado en US$ 6.000.000 por el poderoso Real Madrid. Su primera temporada fue buena, ganando la Copa del Rey y posteriormente la Supercopa de España de Fútbol. La campaña 1993-94 fue mala a nivel personal, pasó por una sequía goleadora de varios meses y terminó la temporada con 11 goles en su casillero. 



La temporada de su desquite llegaría en 1994, donde Zamorano fue titular indiscutible, y logró no sólo ganar la Liga española en 1995, sino que se convirtió en el goleador de la liga, con 28 goles, lo que le valió para ganar el Trofeo Pichichi. Menciones especiales merecen su enorme actuación en esa ante el Barcelona, donde anotó tres goles en el Santiago Bernabéu (5-0 para el club de la capital) y el tanto anotado ante el Deportivo de La Coruña, que ayudó al Real Madrid a conquistar el título de Liga. El chileno recibió un pase largo de José Emilio Amavisca, que amortiguó con el pecho para golpear con fuerza en el marco coruñés.

En 1996, recala en las filas del Inter de Milán, donde en 1998 gana la Copa de la UEFA, anotando uno de los 3 goles de su equipo. Luego, no pudo mantener la regularidad en el cuadro "neroazzurri". 



En 2001 llega al América de México, y en 2002 gana el Torneo de Clausura. En 2003 regresa al fútbol chileno, y lo hace jugando por el club Colo-Colo. Pero una agresión al árbitro en la final le significó una suspensión de 16 fechas, hecho que adelantó su retiro del fútbol. 



Para la IFFHS, Zamorano ha anotado 205 goles en 461 partidos oficiales de Primera División jugados en Chile, Suiza, Italia, España y México. Incluyendo lo anotado en segunda división, copas nacionales, copas internacionales y selección, jugó 664 partidos y anotó la envidiable suma de 321 goles: 27 en Cobreandino, 21 en Cobresal, 37 en FC St. Gallen, 23 en Sevilla FC, 101 en Real Madrid, 37 en Inter de Milán, 33 en América de México, 8 en Colo-Colo y 34 en la Selección Chilena. Es por lo tanto el segundo futbolista chileno mas goleador de la historia, tras Osvaldo "Pata Bendita" Castro (351 goles). 

El próximo Messi.

Se llama Jean Marie Dongou, tiene 15 años y nació en Camerún. Como Messi en sus primeros días en Barcelona, juega para tres categorías distintas. Y hace goles en casi todos los partidos. 




En Douala, la ciudad más poblada de Camerún, como en tantos territorios rezagados de Africa, la vida no es sencilla. Lo cuentan algunos números: la mitad de la población está por debajo de la línea de la pobreza y el país ocupa el puesto 131 en la escala de Indice de Desarrollo Humano de la ONU, detrás de Kenia y de Ghana. También lo explican quienes conocen en detalle la realidad de esa geografía. En su libro "El economista camuflado", Tim Hartford retrata: "Camerún es un país con muchos problemas: burocracia, un sistema legal poco transparente, corrupción generalizada e infraestructuras inadecuadas y con mantenimiento insuficiente. Tampoco se deben olvidar los problemas sociales y de salud que existen, con el virus VIH a la cabeza. Cuenta además con una climatología adversa donde la continua humedad del territorio junto a unas condiciones insalubres en las ciudades, favorecen la aparición de diversas enfermedades, como la malaria". Allí, el fútbol -omnipresente entre carencias- cumple una función de pequeño milagro. Para la mayoría, aparece como espacio de paz en días de violencia; para unos pocos, surge como la posibilidad de mejores condiciones de vida.

Samuel Eto'o es el paradigma del crack nacido en esa tierra. Ahora goleador del Inter, este delantero irreverente suma 17 títulos en su carrera y fue elegido tres veces como el Futbolista Africano del Año (entre 2003 y 2005). Su éxito no le quitó la memoria: en 2006 creó una Fundación para apoyar a los jóvenes de su país. Lo explicó así: "El fútbol me lo ha dado todo y me veo en la obligación de corresponder a los míos. No hay nada más bonito y que me haga más feliz que compartir con los que están en apuros".

Lo quiso el destino: patrocinado por la Fundación, Jean Marie Dongou -un jovencito de 15 años, también nacido en Douala- es la sensación de las divisiones inferiores del Barcelona. Llegó a La Masía -la cuna de cracks del gigante catalán- en 2008, hace más de un gol por partido de promedio y juega para tres categorías distintas, como lo hacía Lionel Messi en sus tiempos inaugurales bajo el cielo de Cataluña.

Los entrenadores del Barcelona destacan su depurada técnica, su velocidad y un físico potente que le permite sobre todo jugar contra rivales de más edad. También señalan su enorme generosidad en cercanías del arco: ofrece el doble de asistencias a sus compañeros que los goles que marca. "Es una virtud rara de encontrar en un delantero", comenta Albert Benaiges, coordinador del Fútbol Base blaugrana y quien mejor conoce a los juveniles. Fran Sánchez, otro de los entrenadores, sostiene: "Como persona es fantástico, un gran compañero, muy querido en el vestuario. Y como jugador además de su enorme potencial goleador es muy generoso y ganador".

Cuenta Oriol Domenech, en el diario Mundo Deportivo, sobre la actualidad de Dongou: "Leo Messi aterrizó en el Camp Nou con 13 años. Destacó como cadete, pero explotó como juvenil. Y en un año, llegó a jugar hasta en tres equipos: el Juvenil B, el A y el Barça C. Un caso similar es el que ya ha protagonizado esta temporada el delantero Jean-Marie Dongou, una de las grandes perlas de la cantera. Es cadete de segundo año y en pocos meses ya ha marcado goles con el Cadete A de Francisco Javier García Pimienta, el Juvenil B de Sergi Barjuan y el Juvenil A de Oscar García. Los tres últimos en el derbi de cadetes, con exhibición del camerunés y de todo el conjunto azulgrana (0-3)".

No es sólo una racha de este año. La temporada pasada pasó algo similar. Escriben Aída Soriano y Jaume Marcet, en el sitio oficial del Barcelona: "Y es que si por algo es conocido este futbolista camerunés es por su faceta goleadora: la campaña pasada fue uno de los puntales del Cadete A en la División de Honor, donde llegó a materializar hasta 35 dianas, convirtiéndose en el segundo máximo realizador de la cantera azulgrana. Dongou sólo dejó de perforar la red contraria en cinco jornadas y tan sólo se le resistió un rival: el Nástic de Tarragona". Sus cifras de la campaña 2008/09 también asombran: llegó a marcar 58 goles en la Liga y más de 70 contando Copa Catalunya y partidos amistosos.

Como el crack rosarino, parece un futbolista de playstation o de dibujito animado: por momentos, se los gambetea a todos y luego define como si le sobrara resto. En los medios, ya lo ofrecen como heredero: lo indican como "el próximo Messi" o como "el futuro Eto'o". Pep Guardiola todavía no lo convocó a ningún partido ni a ninguna práctica. Es razonable: Dongou -el último milagro de Douala; el próximo Messi- puede esperar...

Del sueño americano a la pesadilla blue.






En un Parque de los Príncipes abarrotado (48.402 espectadores), los Tricolores intentan clasificarse para la Copa Mundial de la FIFA por primera vez desde 1986. Pero los búlgaros no han venido a hacer turismo en esta fresca noche de miércoles en la capital francesa.

El contexto 
Dos meses antes de este choque, Francia se hallaba en una situación ideal para acceder a la Copa Mundial de la FIFA EE UU 1994: los hombres de Gérard Houllier eran líderes del Grupo 6, con 13 puntos, y tenían que disputar las dos últimas jornadas en casa. Un punto les bastaba para conseguir la clasificación. 




Bulgaria, por el contrario, ocupaba la tercera plaza, a dos puntos de Suecia y tres de los Bleus, y sabía que no podía permitirse ni un solo fallo. Así pues, el 13 de octubre, los discípulos de Dimitar Penev arrollaron a Austria (4-1). 





Al mismo tiempo, Francia recibía a Israel con confianza, tras el 0-4 cosechado en el primer encuentro. El marcador señalaba un 2-1 a diez minutos del pitido final, pero los locales se vinieron abajo y recibieron dos goles, obra de Eyal Berkovic (83') y Reuven Atar (2-3, 90'+3). Esto convertía a la cita del 17 de noviembre frente a los búlgaros en una auténtica final... 

Los detalles 
17 de noviembre de 1993, Parque de los Príncipes, París
Francia 1-2 Bulgaria
 
Goles: Cantona (32') -Francia-; Kostadinov (37' y 90') -Bulgaria-. 
Francia: Lama, Desailly, Roche, Blanc, Petit, Le Guen, Deschamps, Sauzée (Guérin, 81'), Pedros, Papin (Ginola, 69'), Cantona. Entr.: Houllier 
Bulgaria: Mikhailov, Kremenliev, Ivanov, Khubtchev, Tzvetanov (Aleksandrov, 82'), Yankov, Letchkov (Borimirov, 82'), Balakov, Kostadinov, L. Penev, Stoitchkov. Entr.: D. Penev 

El partido 
Las condiciones climáticas son ideales, y numerosas familias acuden al Parque de los Príncipes para animar a los Bleus. A pesar del tropiezo sufrido frente a Israel, la clasificación está fuera de toda duda. En la megafonía del estadio vuelve a sonar "L'Amérique", de Joe Dassin -que ya se había oído en octubre-, pero el optimismo es general. 

En frente, los búlgaros, que aterrizan en París dispuestos a dar un golpe de mando. Se saben capaces de dar una sorpresa, cuentan con el talento necesario para ello. De todos modos, Francia empieza el duelo asumiendo su condición de favorita, y domina durante los primeros minutos. Sin embargo, aunque los hombres de Houllier tenían el monopolio del balón, seguía percibiéndose la amenaza. Un gol les vendría muy bien. 

Didier Deschamps recibe un pase en la parte derecha del mediocampo. Envía al área y encuentra a Jean-Pierre Papin, quien efectúa una dejada de cabeza hacia su derecha, con la que conecta Eric Cantona en plena carrera. Los búlgaros se ven sorprendidos por la velocidad de esta triangulación de pizarra, y Borislav Mikhailov nada puede hacer ante el disparo del King (1-0, 32'). 




De manera extraña, los franceses muestran entonces un nerviosismo inquietante. Saque de esquina de Krasimir Balakov. Emil Kostadinov salta más que nadie para rematar de cabeza, batiendo a Bernard Lama. Cinco minutos después del tanto de Cantona, Francia juega a asustarse (1-1, 37'). 

Ese miedo ya no abandonaría el campo. La atmósfera es irrespirable. El equipo francés se nota paralizado. En el minuto 69, Papin incluso cede su puesto a David Ginola, debido a unos calambres de extraña violencia a este nivel y en este momento de un partido. Pero los Bleus continúan clasificados. Faltan veinte segundos del tiempo reglamentado cuando Ginola obtiene un lanzamiento de falta en el flanco derecho, cerca del banderín de córner búlgaro. 

Vincent Guérin le entrega la pelota. Se prevé que ambos la protejan cerca de la línea de fondo y dejen pasar el tiempo. Pero el extremo parisino intenta un centro al área que no encuentra a nadie. Bulgaria inicia el contragolpe, los defensas franceses están apáticos. Lyuboslav Penev pasa a Kostadinov, quien se introduce en el área. El esférico rebota, parece difícil de controlar. No obstante, la semivolea del búlgaro acaba colándose justo por debajo del larguero de Lama. El cronómetro marca 44'58''... 








La figura 
Kostadinov se convirtió en uno de los ídolos del fútbol búlgaro, en gran parte merced a este encuentro. Al anotar los dos goles de una victoria casi inesperada, el ariete fue el principal artífice de este excepcional desempeño. Actuó como extremo derecho en apoyo de Penev, al igual que Stoitchkov por la izquierda, en el 3-4-3 de Dimitar Penev, causando problemas a la retaguardia francesa durante los noventa minutos. Su rival no pareció capaz de controlarlo en ninguna fase del juego. Sin duda alguna, uno de los partidos más logrados de su carrera. 




Se dijo... 
"Todo quedó en agua de borrajas. A unos treinta segundos del final, el objetivo estaba alcanzado... Recibimos un auténtico mazazo, y en el peor momento. Cuando Ginola tuvo esa falta cerca del banderín, el árbitro tenía el silbato en la boca, y envió un balón de casi 60 metros en lugar de conservarlo. Como consecuencia, ofreció un contraataque a los búlgaros". Gérard Houllier, seleccionador francés. 

"Somos unos burros...". Didier Deschamps, centrocampista francés. 

"Y pensar que un mes antes nos veíamos eliminados... Los franceses tenían tanto miedo que jugaron atenazados. Sabíamos que iban a comportarse así. Nuestra táctica se basaba en ese parámetro. Jugaron a empatar, no buscaron nunca la victoria. No merecían clasificarse. Los machacamos cuando más daño les hacía". Hristo Stoitchkov, delantero búlgaro. 

¿Qué sucedió luego? 
Bulgaria viajó a EE.UU. 1994, que sería la Copa Mundial de la FIFA más hermosa de su historia. Sin que nadie contase con ellos, Stoitchkov y compañía sorprendieron primero a Argentina en la primera fase (2-0), clasificándose -de nuevo en el último partido- para octavos de final. Frente a México les pudo el cansancio, aunque tuvieron suerte (1-1, 3-1 TAB), y contra Alemania practicaron un fútbol vistoso (2-1), para acabar cayendo en semifinales ante Italia (2-1). Terminaron el certamen en la cuarta posición, tras recibir un inapelable 4-0 de manos de Suecia en el partido por el tercer puesto. El fútbol búlgaro no volvería a tener una generación así. 




En la selección francesa, Houllier fue sustituido por Aimé Jacquet, su ayudante, unos días después de aquella decepción. Francia empezó el mejor ciclo de su historia. Tras una Eurocopa 1996 en la que fue eliminada en la semifinal (a los penales, por la República Checa), los Bleus conquistarían la Copa Mundial de la FIFA 1998 y la Eurocopa 2000. Con todo, esa debacle sigue siendo una herida abierta en el corazón de todos los hinchas franceses.

El Rey de los Penaltys... fallados




Nació en una galaxia lejana, no era ni terrestre ni extraterrestre, ni galáctico… dicen que era un loco del planeta Titán, que sus fantasías se concretaban en un campo de juego, en la portería contraria. Que su pelo rubio podía ser platinado, el flequillo parecerse a una fregadera y sus colores variar del rojiblanco al azul y amarillo. 

Uno de los más grandes entrenadores del fútbol mundial y latinoamericano ha dicho de él como quien bautiza a un desaprendido: “Es un optimista del gol”. Desde entonces, para Martín Palermo no existieron redes que se resistan, tal vez algún poste entrometido o alguna pirueta de espaldas hayan salvado al Madrid en algún tiempo lejano... 

Hizo del gol su religión. Pero fue crucificado por un suceso particular. El récord Guiness marcó su carrera al mismo momento que rompió sus ilusiones. Fue un 4 de julio de 1999. Aquella tarde noche la Argentina se enfrentaba a Colombia por la Copa América. Palermo se convirtió en el primero y hasta ahora único jugador en fallar tres penaltis en un mismo encuentro desde la inauguración del trofeo en 1916. 

El primero al larguero; el segundo a las nubes y el tercero a las manos del portero. El por aquel entonces delantero de Boca Juniors, fue despedido al grito de "Palermo, Palermo..." desde las gradas. El Titán había marchado solo hacia la mayor angustia de su vida. El día que se sepultó entre gritos de "asno", risas y aplausos. Vivió el repudio de los propios y todos pensaron que había acabado una leyenda antes de empezar. 

Algunos dirán que fue la ceguera que lo iba llevando a coger el balón nuevamente para asumir el desafío. Otros miedo escénico, otros que fue un acto de valentía. Los que vivimos el fútbol sabemos que es un hecho que lo condenó, y que se condenó a no llevar más la camiseta albiceleste hasta que Diego Maradona 10 años más tarde lo convocara. 

La suerte acompaña en la vida y uno la ayuda. El Titán la ayudó siempre para hacer lo mejor y lo peor en un campo. Al año próximo se consagró como el MVP de la Copa Intercontinental en que Boca venció al Real Madrid con dos goles suyos. Luego tocó su traspaso a Villarreal y el tal vez su peor escollo: un muro que se derribó en su peroné cuando festejaba un gol definitivo por Copa del Rey. 

Pero las bajas no pudieron con nuestro Titán. Recientemente tomó el título de Rey del Gol de Boca al superar el récord de Francisco Varallo como máximo goleador xeneize. Palermo siguió y siguió el camino de los optimistas del gol, la red. De cabeza, de zurda, de derecha, desde la mitad del campo, de cabeza a más de cuarenta metros y récord Guiness. O no. 

La pelota ya se había manchado. Palermo siempre será recordado por sus tres penaltis en aquel partido ante Colombia en el que el seleccionado albiceleste cayó por 3-0. Supo aprovechar las oportunidades de revancha que le brindó el fútbol, pero el dolor de aquel 4 de julio no tendrá fin. Si alguien –que no sea hincha de Boca- recuerda a Palermo en el Viejo y en el Nuevo Continente siempre dirá: "El burro que erró tres penaltis en un partido".
 



http://www.youtube.com/watch?v=UNg1L5LNIkg

El milagro de Berna



En el verano de 1954 se disputaba la quinta edición del campeonato Mundial de la FIFA. La sede elegida era Suiza y dieciséis selecciones lucharían por conseguir la victoria. Una de las participantes era Alemania, que once años después de la guerra mundial, trataba de reestructurarse social y moralmente. Aquel equipo teutón tenía como director de orquesta al veterano técnico Sepp Herberger y cómo capitán y estrella principal al media punta Fritz Walter.

Durante los entrenamientos previos al Mundial, Herberger preparaba a sus jugadores de cara al gran campeonato. El torneo era una oportunidad para ilusionar al pueblo alemán y devolverle la esperanza tras unos años difíciles. Pero no lo tendrían nada sencillo quedando encuadrados en el grupo B junto a Turquía (verdugo de España en la clasificación), Corea del Sur y la todopoderosa Hungría de Puskas, Czibor, Hidegkuti, Bozsik o Kocsis. Los magiares eran los máximos favoritos y se presentaban al mundial tras cuatro años y medio invictos, como ganadores de los Juegos Olímpicos de dos años antes y practicando un fútbol espectacular. La cosa empezó bien contra los Turcos; 4 a 1.

El problema llegó frente a Hungría. Por aquella época y a pesar de ser un grupo de cuatro equipos, cada selección jugaba dos encuentros por sorteo. Herberger, sabedor de sus nulas posibilidades de ganar frente a los húngaros y de que Turquía ganaría a Corea con facilidad era consciente de que estaban abocados a un partido de desempate contra los otomanos para pasar de ronda. Así que decidió alinear a los suplentes contra los húngaros. 8-3 fue el resultado. Hungría humilló a los alemanes que clamaban contra la táctica del técnico alemán. A pesar de las críticas, Alemania pasó de ronda ganando a Turquía en el partido de desempate.

La confianza alemana se vio reforzada y sendas victorias frente a Yugoslavia (2-0) y Austria (6-1)en cuartos y semifinales respectivamente, colocaron a Alemania en la gran final. En el horizonte, de nuevo Hungría, que arrasaba en todas las apuestas tras el precedente de su enfrentamiento anterior.

Pero los alemanes contaban con algo que ni siquiera Hungría podría poseer. Junto con la expedición alemana también viajó Adi Dessler. El bueno de Adi, era el creador de Adidas y por aquellos tiempos ya se dedicaba a mejorar el rendimiento de los jugadores a través del calzado deportivo. Su nueva ocurrencia fue la creación de tacos atornillados en las botas de modo que se podrían intercambiar según las inclemencias del tiempo. Toda una revolución por aquel entonces. La innovación fue acogida por entusiasmo por el entrenador alemán, que no dudo en pedir varios pares para el campeonato. 


 A pesar de la lluvia que había comenzado a caer incesantemente en Berna, nadie apostaba por Alemania. Hungría, aún con Puskas renqueante por lesión, era demasiado potente como para perder esa final. Y así parecía plasmarse en el campo, pues en los ocho primeros minutos, Alemania ya perdía por dos a cero. Pero quizá en este partido Alemania comenzó a ser la Alemania que conocemos hoy en día; incansable, competitiva. Nadie en su sano juicio da por vencido a un alemán desde entonces. Y es que los teutones empataron antes del descanso. Morlock y Heimut Rahn, (habitual suplente hasta ese encuentro). Llegando con tablas al descanso, los húngaros se lanzaron al ataque, pero fue Rahn el que de nuevo daría la puntilla a los magiares y adelantando a los alemanes a falta de 6 minutos para el final del encuentro. Con 3-2 a Puskas le anularon un gol legal por fuera de juego, lo que dejaría el resultado tal y como estaba. Todos los elementos (climatológicos, arbitrales y futbolísticos) se habían alineado para que Alemania conquistara su primer mundial y llenara de orgullo a sus compatriotas. Había nacido la leyenda del"Milagro de Berna", una de las mayores sorpresas de las finales mundialistas, que dejaron a uno de los grandes equipos de la historia sin englosar en ella.

El potero que resucitó una tarde

Robert Enke debería ser ahora el arquero de Alemania en el Mundial. Era el mejor y el más respetado en su puesto, pero él decidió que no quería: en noviembre del año pasado dejó que un tren se lo llevara para siempre. Ahora, 
por las calles de Sudáfrica, los alemanes lo recuerdan con añoranza.








La tarde de Ciudad del Cabo se está haciendo noche muy temprano. Entre la neblina y la garúa constante el después de cualquier almuerzo prolongado se parece al principio del fin. En su recorrido más turístico, el Waterfront, la ciudad ofrece caras de todos los colores y de todos los orígenes. Y allí sucede una escena que asombra: Moseki, un sudafricano con la camiseta del Benfica, se les acerca a un grupo de alemanes -tres varones y dos mujeres- justo a la salida del Victoria Wharf, una suerte de paseo de compras. Uno de ellos tiene la camiseta del Hannover y escucha un nombre que lo golpea en un recuerdo cercano: Enke.

Hablan durante un puñado de minutos en un inglés recortado. El motivo de la charla es una añoranza: evocan a un arquero que ambos conocieron, Robert Enke. Moseki lo aplaudió cuando vivía en Lisboa; los alemanes todavía lo tienen en la piel. Enke tenía todo para ser el arquero de Alemania en esta Copa del Mundo, tras suceder a Jans Lehman, Pero el mismo renunció a todo. Al arco y a la vida. En noviembre de 2009 dejó que un tren se hiciera cargo de lo que él no podía: ese dolor que no le entraba en su cuerpo enorme.

Ferviente defensor de la naturaleza y de la vida animal, Enke era considerado por sus padres como un hombre sensible. Vivía en una granja de Empede junto a su esposa Teresa y a la hija de ambos, Lara, de apenas dos años. Pero un día tremendo de septiembre la vida le arrancó a su adorada pequeña. Una deficiencia cardíaca desde el nacimiento la condenó a ella. Y también a él. Aunque siguió atajando y se aferró a sus seres queridos, jamás pudo digerir esa ausencia. Tampoco le agradaba el imperio del resultado en el ambiente del fútbol. No le interesaba ser un superhéroe; pero mucho menos se sentía merecedor de ser considerado un villano por un centro que terminó en gol ajeno.

Jugó en Alemania (para el equipo de la ciudad de su nacimiento, el Carl Zeiss de Jena; y para Borussia Moenchengaldbach y el Hannover); en España (para Barcelona y Tenerife), y en Portugal (para Benfica). Medía 186 centímetros y se destacaba por su agilidad. Pero se destacó por otra cosa más relevante: los compañeros que más lo conocieron sabían que más que un arquero enorme era un hombre gigante con las debilidades propias de quien se permite percibir la vida como un gesto de entrega.

Una Fundación, impulsada por el Hannover (su último club) y por la Liga alemana (DFL) se dedica ahora de recordarlo y a realizar obras en su nombre: quienes la componen se ocupan básicamente de la salud mental de los jugadores y de los niños con alguna dificultad cardíaca. "Estamos encantados de participar en la creación de esta fundación", dijo en días no tan lejanos Reinhard Rauball presidente de la DFL.

El periodista Alexander Algieri, en su blog Pelota de Papel, retrata su final: "Dicen que se despidió con una carta en la que pedía perdón. Dicen que recibió el último aire con una sonrisa. Dicen que todavía el viento se sigue asustando con sus voladas, en las noches en las que el miedo pareciera ni rozarlo". Así de grande fue el misterio de ese arquero nacido para ser gigante. La reivindicación la cuentan ahora esos turistas alemanes que lo mencionan bajo esa llovizna que insiste en el Waterfront de Ciudad del Cabo. Como si Enke hubiera resucitado por un rato.